jueves, 14 de abril de 2011

Nunca mires por tí mismo, siempre sale mal.


Y volví a lo mismo, siempre el tiempo en mi contra; las horas corren y por cada minuto todo el amor que baila por mi cuerpo se duplica, y crece, y crece por cada segundo de ventaja. Todo lo que no quería que saliese de un estúpido capricho pasó a ser un no parar, y mi corazón volvió a perder el control. Ya no encuentro los frenos a mano ni esa sonrisa reconfortable por la que jugaba al escondite por ganar, y ¿ahora? perdí, y me estrellé contra mi propia voluntad, me paré y pensé, pero todo valió la pena dentro de los cuatro míseros instantes de compasión por esa personalidad aplastante que inunda mi memoria, porque, nunca mejor dicho, todo queda en recuerdos. Raro fue el día que en el que empecé con todo esto y, sinceramente, creo que no debió salirse de lo acordado. Todo fue mezclas de confusión y desesperación. Menos amor del que esperaba, falsas comunicaciones, dulces discusiones, absurdas peleas. Todo lo que en un principio parecía beneficio propio se quedó en fracaso incontrolado.