sábado, 16 de abril de 2011

Puro beneficio propio e ignorante placer dormido


Fue salir del baño después de cuatro arreglos suplementarios de última hora y supe que la suerte estaba echada. Caminaba con fuerza haciendo retumbar el suelo con cada paso, me miraba de reojo por todos los espejos retrovisores de los coches aparcados en el arcén y podía ver mi lado bueno desde la izquierda hasta la derecha; ya no recibía medias sonrisas de la gente sino miradas llenas de envidia y pudor. En cuanto entré por la puerta y te vi a lo lejos supe que quedaste perplejo y sopesé la idea de hacerme la difícil a toda costa. Una hora después quedó grabado el brillo de tu cuerpo en mi memoria, tus manos recorriendo todo mi cuerpo en busca de sorpresas comprometedoras, tus pestañas rozando mis labios mientras supcionabas mi cuello con cada uno de mis gemidos estridentes. Lluvia de ropa haciendo charcos en la habitación, granizo de emociones aplastadas entre nuestros cuerpos, relámpagos de miradas deseosas, truenos de placer. Pero la novedad se convirtió en costumbre. Cada vez pedíste más. Querías de nuevo mis labios colorados por ese pintalabios de siempre, esos quince centímetros de más que me proporcionaban mis tacones de cabrona y esa agilidad con la que me desenvolvía en tu colchón. Todo se redució a una cama de dos metros por noventa en la que duermo sola todas y cada una de las noches que pienso en tí.