martes, 15 de febrero de 2011

Todos queremos lo que no tenemos


Él se llamaba Phil, y era la persona más felíz del mundo. Lo tenía todo: dinero, fama, poder... lo que cualquiera envidiaría.
Era ese tipo de personas que son extremadamente simpáticas y con una cierta virtud para relacionarse con todo el mundo. Tenía miles de mujeres a su disposición, toda clase de caprichos estúpidos, amigos en los que confiar plenamente, un objetivo propio en la vida, vamos, una persona de las pocas en este mundo.
Practicamente el 50% de su riqueza y de su condición física la dedicaba a gente que no tiene el gusto de estar en las mismas circunstancias que nosotros en esta vida y que lo agradecerían enormemente, como el no tener que acostarse con el estómago vacío en una cama decente, y con ropa, o algún tipo de trapo para abrigarse en las noches de frío pero enfin, él era el que viajaba, el que ayudaba, el que reía con ellos, el que pasaba sus peores momentos a cambio de la sonrisa de muchos pobres niños o de varias madres que por fín saben que sus hijos van a tener una gran vida.
Phil lo tenía todo quieras, o no lo quieras o eso aparentaba. Pero había algo que le faltaba enormemente: el tiempo. El tiempo nos condiciona, el tiempo hace que podamos hacer esto o aquello, el tiempo nunca mejor dicho, es oro. Y por mucho dinero que Phil pudiera tener era algo que no podía comprar por mucho que lo deseara. El día seguía teniendo 24 horas y una hora 60 minutos.